Así se construye una colonia de cenizos
Cada primavera, cuando las primeras parejas de aguilucho cenizo (Circus pygargus) llegan a Tahivilla, hay algo que ya sabemos: vamos a volver a mirar ese mismo rodal de pasto natural, ese pequeño reducto que en apenas dos años se ha convertido en una de las historias de conservación más satisfactorias que hemos vivido en el campo gaditano. A diferencia de otras zonas de cría de la especie, ligadas a cultivos de cereal, los cenizos de Tahivilla eligen aquí el pasto natural y el heno en verde que se destina a la alimentación del ganado.

Esta microrreserva consiste, en esencia, en algo tan sencillo como eficaz: el arrendamiento de la parcela para que, mientras dura la temporada de cría, no se produzca en ella ningún tipo de aprovechamiento. Ni siega, ni pastoreo, ni ninguna otra actividad agrícola o ganadera. Es esa ausencia de intervención humana la que permite que las parejas completen su ciclo reproductor sin molestias, evitando riesgos de depredación y, sobre todo, sin el peligro más letal para esta especie: morir bajo la maquinaria de siega junto con sus pollos, todavía incapaces de volar, en un nido escondido entre la vegetación.
Esta primavera han criado allí tres parejas. Y detrás de cada una hay una historia.
- Sacapuntas, ave de hacking —criada y liberada mediante esta técnica de reintroducción asistida—, lleva dos temporadas consecutivas ocupando la misma parcela junto a su pareja, L98. Entre ambos años han sacado adelante diez pollos, la cifra más alta de toda la colonia. Su vínculo con la zona es más largo de lo que parece: ya en 2022 y en 2024 había intentado criar en parcelas aledañas, a menos de 300 metros de lo que hoy es la microrreserva, antes de asentarse finalmente en su ubicación actual.

- Este año se sumó una pareja nueva: Zulla, que se instaló junto a N5H, un macho nacido en El Palmar en 2023. Entre los dos han sacado tres pollos en 2026. Zulla no es nueva para nosotros: en 2025 ya crio, pero lo hizo de forma aislada, a 1.500 metros de la microrreserva. Este año, sin embargo, se ha incorporado al grupo, instalándose a escasos 50 metros de Sacapuntas — el paso de una cría solitaria a una integrada dentro del núcleo colonial es justo el tipo de comportamiento que esperábamos ver si la parcela funcionaba como reclamo para la especie.
- CW4, otra ave de hacking liberada en 2024, ha criado este año junto a un macho sin marcar del que no tenemos datos de origen, sacando también tres pollos.
- Y luego está Carlota, hembra salvaje que intentó criar en Tahivilla en 2025 sin éxito. Pero su historia no termina ahí: este año ha criado en Jerez, sacando adelante dos pollos. Su recorrido entre Tahivilla y Jerez en apenas un año pone de manifiesto la conexión real que existe entre los distintos núcleos de cría de cenizo en la provincia de Cádiz — lo que ocurre en un punto del territorio repercute en los demás.

Un espacio pequeño con un efecto muy grande
Sumando todos los nidos ocupados en la parcela desde 2025: cinco nidos, dieciséis pollos volados. Una cifra aún más significativa si se tiene en cuenta el tamaño de la superficie: la microrreserva ocupa menos de 2 hectáreas de pasto natural. El seguimiento de esta parcela se enmarca en las medidas compensatorias de los parques eólicos aledaños, ejecutadas a través de la Fundación Migres con la autorización y el visto bueno de la Consejería de Sostenibilidad y Medio Ambiente de la Junta de Andalucía.

La colonia reproductora es solo una parte de lo que ocurre aquí. A lo largo de la temporada hemos registrado también la presencia de numerosas aves inmaduras y no reproductoras, que usan la zona como dormidero y área de descanso — una función que va más allá del número de parejas que crían, y que resulta especialmente valiosa para las aves de hacking.
Entre los machos, la mayoría nacidos en 2025 y todavía en fase de aprendizaje, ha pasado gran parte de la temporada en la parcela K1V (Baldo), liberado mediante hacking en 2025; KA7 y KAF, hijos de Sacapuntas y L98 nacidos precisamente en esta parcela ese mismo año; K9J, nacido en El Palmar en 2025; 07C, nacido en Jerez en 2025 —justo donde Carlota ha criado este año—; y CX1, liberado mediante hacking en 2024.

Entre las hembras, que en casi todos los casos han llegado a Tahivilla después de su propio intento reproductor en otra zona, destacan KAH (Goma), hija de Sacapuntas nacida en 2025; CX0 (Espiga), liberada mediante hacking en 2024 y reproductora sin éxito este año en Arcos; CX2 (Farina), también liberada en hacking en 2024, de la que desconocemos su actividad reproductora; y 1F5 (Viña), que ha criado este año en El Puerto de Santa María.

Que dos de las tres parejas de este año —Sacapuntas y CW4— procedan de reintroducción no es casualidad: estas aves se enfrentan al reto de aprender a moverse, relacionarse y reproducirse sin el aprendizaje directo de unos progenitores silvestres, y hacerlo cerca de otras parejas y de un dormidero con tantos inmaduros y no reproductores les facilita ese aprendizaje social. La trayectoria de Sacapuntas, criando con éxito dos años consecutivos, y la de CW4, en su primer intento reproductor conocido, son la mejor prueba de que esta ubicación no solo aporta un lugar donde criar, sino un entorno que ayuda a estas aves a ganar autonomía real dentro de la población silvestre.
Un enclave clave, pero no suficiente
Todo lo anterior deja una lectura clara: esta microrreserva funciona. Pero sería un error leer este éxito como una solución cerrada. El aguilucho cenizo se mueve hoy por un hábitat profundamente fragmentado: parches de cultivo y pasto rodeados de infraestructuras, urbanización dispersa y usos del suelo cambiantes de un año para otro. Un solo enclave, por bien gestionado que esté, no puede sostener por sí solo a la población de la especie en la comarca. Lo que hace tan valiosa a la parcela de Tahivilla —su capacidad de agregar parejas, dar cobijo a jóvenes y facilitar la integración de aves reintroducidas— es precisamente lo que demuestra la necesidad de replicar este modelo en otros puntos cercanos. Una sola isla de hábitat adecuado, rodeada de un entorno hostil o inestable, sigue siendo vulnerable: basta con que cambie el uso de esa única parcela para que todo lo conseguido en dos años quede en riesgo.
La historia de Carlota, criando un año en Tahivilla y al siguiente en Jerez, ya apunta en esa dirección: la especie necesita una red de enclaves conectados, no un único punto de éxito. Multiplicar microrreservas como esta —pequeñas, de gestión sencilla, pero estratégicamente ubicadas cerca de otros núcleos de cría— es, a nuestro juicio, el paso necesario para que la recuperación del cenizo en la provincia de Cádiz no siga dependiendo de las campañas de conservación y salvamento impulsadas por la administración competente, con la ayuda del voluntariado.
Lo que viene
El seguimiento continúa. Cada temporada trae aves nuevas, reencuentros y, como en el caso de Carlota, también fracasos que forman parte del mismo proceso. Habrá que esperar a la próxima primavera para saber si Sacapuntas y L98 vuelven a ocupar su rincón de siempre, si Zulla y N5H repiten tras su primer año integrados en el grupo, si CW4 mantiene la pareja con su macho sin marcar, y si Carlota, tras su éxito en Jerez, decide probar suerte de nuevo en Tahivilla.
Queda además una pregunta abierta que nos interesa especialmente: los inmaduros y no reproductores que este año han usado la parcela como dormidero y área de descanso, ¿acabarán asentándose también aquí en próximas temporadas? Si el patrón se repite, esta microrreserva podría no limitarse a fijar a las parejas ya conocidas, sino convertirse en el punto de agregación desde el que surjan las próximas parejas reproductoras de la zona.

¿Tienes dudas sobre el seguimiento de aguilucho cenizo en la provincia de Cádiz? Escríbenos.